jueves, 29 de noviembre de 2012

JULIO SCHERER GARCÍA

Loas y maledicencias alrededor de un gran periodista mexicano

(DE WIKIPEDIA Y OTRAS FUENTES CONSULTADAS)

Twitter: EduardoSuarez_  

Julio Scherer García
Wikipedia, la enciclopedia libre

Julio Scherer García, (México, D. F., México; n. 7 de abril de 1926). Es un periodista y escritor mexicano, fue director del periódico Excélsior y del semanario Proceso. Actualmente es presidente del Consejo de Administración de CISA, una sociedad anónima.


Índice
1 Carrera
2 Premios y distinciones
3 Publicaciones
4 Referencias


Carrera
No obstante que se matriculó como alumno en la Facultad de Derecho de la UNAM, luego prefirió hacer un cambio y estudió filosofía en la misma universidad. Julio Scherer no terminaría ninguna de estas licenciaturas porque ingresó de forma rápida a Excélsior, y el trabajo en el diario mencionado, además de gustarle más, consumió su tiempo.


Tras varios años de ser reportero fue designado por la cooperativa como director general de Excélsior en 1968. Desde ahí desarrolló una línea crítica, propia del ejercicio cabal del periodismo, hacia los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y de Luis Echeverría Álvarez, línea que molestaría a las autoridades del régimen instituido pero que consolidaba a la cooperativa Excélsior como una fuerte y poderosa empresa editora.


En julio de 1976 Luis Echeverría lograría la realización de una asamblea en la cual se designaría al frente del diario al periodista de origen español Regino Díaz Redondo, quien ocupó dicho cargo 24 años.


Antes de consumarse el cambio, Scherer junto con colaboradores suyos (entre ellos Miguel Ángel Granados Chapa y Francisco Ortiz Pinchetti) abandonaron Excélsior. En realidad, Echeverría -o mejor dicho, sus agentes dentro de la cooperativa citada- utilizó como excusa la ocupación, por parte de un grupo de ejidatarios, de terrenos propiedad del periódico. De la crisis subsecuente se derivó el cambio de director y de línea editorial, a partir de entonces mucho más comprensiva con la administración de Luis Echeverría.


Meses después, en noviembre de 1976, fundaría con sus antiguos colaboradores de Excélsior, la revista Proceso, que saldría a la venta la primera semana de noviembre a pesar de diversas dificultades que se les presentaron, las cuales están narradas en un libro de Vicente Leñero llamado Los periodistas. Scherer dirigiría la revista hasta 1996, veinte años en los que mantuvo una línea crítica con el gobierno federal y sus diferentes encargados. La revista Proceso logró consolidarse como un semanario político importante de México, siempre con una línea crítica hacia el gobierno en los más de treinta años que ha sido publicada, lo cual, desde el enfoque de algunos que -al parecer- desconocen la misión de los periodistas, le resta credibilidad al semanario, pues "no está de acuerdo con nada".


Después de dejar la dirección de Proceso, en 1996, Scherer continuaría con la Presidencia del Consejo de Administración de CISA Comunicación e Información, S. A. de C. V., empresa que edita el semanario, cargo que hasta la fecha conserva.


Premios y distinciones
Ganó el Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI en la modalidad Homenaje, como reconocimiento a su trayectoria periodística, asimismo ganó el Premio Nacional de Periodismo de México de 1998.[1]


Publicaciones
A lo largo de su carrera, Scherer ha escrito diversos libros, todos ellos acerca de sus experiencias periodísticas, con buenos resultados de venta.


Siqueiros: La piel y la entraña.
Los presidentes (1986) editado por Grijalbo.
Salinas y su imperio, editado por Océano.
Cárceles.
Parte de guerra, coautor con Carlos Monsiváis.
Estos años (1995), editado por Oceano.
La pareja (2005), editado por Plaza & Janés.
La terca memoria (2007), editado por Grijalbo.
El poder: historias de familia (1990), editado por Grijalbo.
El indio que mató al padre Pro.
La reina del Pacífico (2008).
Allende en llamas (2008).
Secuestrados (2009).
Historias de muerte y corrupción (2011).
Calderón de cuerpo entero (2012).


Referencias
1.↑ Consejo Ciudadano del Premio Nacional de Periodismo, A. C. «Historia del “Premio Nacional de Periodismo e Información" 1975-2001». Consultado el 5 de marzo de 2010.



INDICADOR POLÍTICO
Columna de Carlos Ramírez H.
Una historia de Julio Scherer; el lado oscuro del periodismo


El periodismo también tiene su lado oscuro, como la luna. El columnista poblano Mario Alberto Mejía rescató una historia de Julio Scherer García, director de Proceso, publicada en un libro que pronto tendrá una nueva edición. La historia dibuja a personajes de carne y hueso. Por su interés, publicamos el texto completo de Mejía:


Hace algunos años, el periodista Emilio Trinidad Zaldívar, hoy convertido en el director de Comunicación Social del Ayuntamiento de Puebla, publicó junto con Arturo Ríos Ruiz, otro profesional de la escritura, un libro polémico: La década más larga. El libro fue publicado por la editorial Tamara, de Elda Peralta, quien fue esposa del escritor Luis Spota.


He aquí un fragmento revelador sobre Julio Scherer García, el santón del periodismo mexicano.



La "ingratitud" de Julio Scherer

Julio Scherer, el periodista indomable, reconocido por muchos, admirado y odiado por otros, un hombre polémico, irrespetuoso que se maneja como dueño absoluto de la verdad, también ha afrontado problemas serios y ha necesitado de los hombres. Por consiguiente, ha tenido necesidad de solicitar favores.


Julio Scherer García estaba sumamente preocupado por su hijo Julio de apenas 17 años, el joven estaba perdidamente enamorado de una jovencita dos años mayor que él, guapísima, toda una beldad.


El periodista sabía que Miguel Lerma Candelaria le consiguió trabajo a su hijo y a la novia en el Banco Nacional de Crédito Rural. Así que telefónicamente le pidió al funcionario se vieran en un café del hotel Presidente Chapultepec.


Se encontraron en una tarde tranquila, como a veces suele haber en esta gran ciudad, que presa del incontenible crecimiento, por lo general es caótica y terrible.


El periodista estaba muy serio, no podía esconder en su rostro un gran dilema que lo aquejaba por más que abordara temas referentes a la política nacional, como la actuación del licenciado José López Portillo en la Presidencia y las posibilidades que tenía Miguel de la Madrid Hurtado para sucederlo. Sin embargo lo traicionaba el trastorno mental que lo aquejaba.


Por fin se decidió:


- “Don Miguel, ¿es usted mi amigo?”


- “Sí señor, soy su amigo”.


- “¿Conoce a fulanita de tal?”


- “No, señor”.


- “No se haga pendejo, don Miguel, usted le consiguió trabajo en el banco”.


- “Perdóneme don Julio, pero le he conseguido trabajo a centenas de personas en la institución, además cuenta con una plantilla de más de 30 mil empleados, no puedo conocerlos a todos”.


- “Le repito, no se haga pendejo, usted va a ser testigo de la boda de esa mujer con mi hijo...”


- “¡A caray!, le doy mi palabra que no sé nada”.


- “Mire, don Miguel, se van a casar dentro de un mes y medio. Ella es una diabla, drogadicta, pero además se mete con cualquiera y va a destrozar a vida de mi hijo. Y antes que yo permita eso, personalmente la mato. ¡Ayúdeme!”


Lerma Candelaria guardó silencio. Sólo veía a don Julio Scherer, el temido director de la revista Proceso, cuyo semblante era el de la derrota pura, contrastaba con la imagen recia y demoledora que refleja en las páginas del medio informativo que manejaba con su característico profesionalismo.


Era el hombre que revelaba su debilidad, su congoja ante el terrible problema que le representaba la posibilidad de una boda no deseada, con fundamentos por la inmadurez del muchacho y la sobrada experiencia de la candidata.


Asomaba un rasgo de profunda debilidad en Julio Scherer, el que siempre se mostraba altivo ante los poderosos del sistema, sólo él los humillaba y se daba el lujo de escoger con quién entrevistarse.


Esta vez pedía auxilio, un favor que su inmenso poder periodístico no le podía solucionar, además, le tenía confianza a Miguel Lerma Candelaria, no se olvidaba que cuando inició su publicación (Proceso), luego de su forzosa retirada de Excélsior, el funcionario le compraba 250 ejemplares semanales, mismos que distribuía entre sus amigos.


Pero en este momento, Proceso ya era el medio obligado de cada semana, sus quemantes artículos siempre disidentes, críticos y demoledores, llenaban el desahogo de la población y cumplía bien su misión de “válvula de escape” en beneficio del propio sistema político nacional.


Pero también su indescifrable director estaba derrotado, podría decirse que hasta desquiciado, tanto que en su mente ya bullía la intención de asesinar, acabaría con su tesoro celosamente guardado por toda su vida, que es el de reafirmar en cada oportunidad que es el mejor periodista de México y eso lo ha mantenido en medio de opiniones encontradas.


Lerma Candelaria le dijo:


- “Mire don Julio, déjeme ver qué se puede hacer...”


- Pero la boda es dentro de mes y medio...


- “Por favor, espéreme”.


Se despidieron como los buenos amigos que eran, no sin antes insistir el periodista en su petición y reiterarle su congoja por el posible desenlace entre su hijo y la muchacha descarriada, que por lo general en las familias es motivo de jolgorio.


Al llegar a su oficina, Lerma Candelaria pidió a la oficina de personal el expediente de la damita y una vez con el documento llamó a su viejo amigo el capitán Chávez, quien tenía fama de ser un excelente sabueso, profesional y discreto.


Le pidió investigar a la jovencita, de dónde era, dónde había estudiado, qué clase de vida llevaba, sobre su familia y cuál era su situación emocional, no sin antes recordarle la importancia que tenía la discreción en la indagación y sobre todo, la confidencialidad.


Ocho días después el detective tenía el informe, le entregó al funcionario un sobre cerrado con videos, fotografías y grabaciones telefónicas.


El espectáculo fue impresionante, se confirmaba la opinión que de ella tenía Julio Scherer, las escenas mostradas eran terribles, competían con las cintas danesas y además, se confirmaba la adicción de la damita a los estupefacientes.


El funcionario le dio instrucciones al detective que le hiciera llegar la información al hijo del afamado periodista, que indagara su dirección y que de parte de nadie entregara el sobre cerrado y dirigido al muchacho.


Dos días después se presentó, ante Lerma Candelaria, Julio Scherer hijo. Le dio las gracias por todas las atenciones recibidas, por todo su apoyo en todos los favores que le había pedido y le solicitó uno más, el que despidiera a la muchacha.


- “Yo te pedí que la ayudaras, ahora te suplico que la corras”.


Tres días después, Julio Scherer padre se comunicó vía telefónica con Miguel Lerma Candelaria. Estaba eufórico, lo invitó al mismo lugar del hotel Presidente Chapultepec, deseaba tomar un café con él pues quería compartir su alegría sobre el final del romance frustrado.


Al presentarse el funcionario al lugar de la cita, ya estaba Julio Scherer en la mesa de costumbre, se paró contento, extendía la mano y lo abrazaba, esa vez era el altivo, el dominador y su semblante irradiaba gran satisfacción.


Era otro, sin el semblante del fracaso, del dolor y del desplome. Ahora el triunfo estaba indudablemente de su lado.


- “Don Miguel, ¿cómo le hizo? Mi hijo ya nos comunicó a la familia que no se casará”.


- “Yo no hice nada, don Julio...”


- “¡Claro que sí lo hizo, dígamelo!”


El funcionario insistía en no saber nada de lo que a aquél le interesaba, y así transcurrió parte de la tarde. Scherer ya había recobrado su carácter dominante, expresaba opiniones tronantes contra tal o cual funcionario, le anunciaba lo que publicaría en la semana siguiente en su poderosa revista y nuevamente era dominador e imperativo. No perdía oportunidad, en cada ocasión arremetía.


- “Bien, don Miguel, ¿entonces no va a decirme qué hizo?”


- “¿Por qué no lo olvida don Julio? Lo importante es que ya no habrá boda y eso es lo que a usted más le interesa ¿no?”


- “Pero quiero saber don Miguel...”


- “Está bien, don Julio. Un detective se encargó de todo, yo sólo le indiqué que el resultado se lo entregara a su hijo de parte de nadie y le aseguro que ignoro cuál fue la respuesta, pero me imagino que nada saludable para la muchacha”.


- “Eso debió ser”.


- “Bueno, don Miguel, quiero que sepa que desde este momento usted es mi amigo...”


- “¡Ah, caray! Entonces le voy a tener más miedo”.


- “¿Por qué?”


- “Porque dicen que usted prefiere perder un amigo antes que una portada...”


- “No se crea, también se ser hombre. Es más: además de mi amigo, usted es de la familia a partir de este momento. Le doy mi palabra.”


- “Lo que ha hecho usted, continuaba el periodista, es salvar a mi familia, le juro que estaba decidido a matar a esa muchacha. Ya no me importaba mi carrera ni nada, esa boda de todos modos no se iba a celebrar y gracias a usted no me convertí en un asesino. Don Miguel, yo ya había investigado por mi cuenta a esa mujer. Pero si le hubiera dicho a mi hijo qué clase de persona es, no me hubiera creído. Pensaría que era invento mío. Ahora él se convenció y eso se lo debo a usted para toda la vida.”


El tiempo siguió su desliz interminable, la situación para Lerma Candelaria cambió terriblemente y sobrevino su desgracia. Óscar Flores Sánchez, procurador general de la República, ya había urdido bien su plan desde seis meses antes que José López Portillo entregara el poder a Miguel de la Madrid.


El abogado de la nación calculó muy bien sus pasos y preparó las causales para el entonces diputado Lerma Candelaria, para el sexenio de Miguel De la Madrid, como si hubiera acuerdo, pues todos sabían perfectamente que el joven legislador gozaba de la simpatía de don José López Portillo y durante su administración de nada podrían acusarlo.


Vino el escándalo, agentes judiciales allanaron la sede de la Cámara de Diputados, buscaban a Lerma Candelaria para detenerlo, se metieron a sus oficinas y hubo maltratos a sus empleados, abrieron escritorios y se llevaron documentación y entonces sobrevino el reclamo de Luis M. Farías, entonces líder de los legisladores del país.


Hizo notar la grave falta cometida por la PGR, los diputados ocuparon la tribuna e hicieron pública su querella, pues se trataba de un choque de poderes y los ofendidos eran los representantes populares.


Luis M. Farías, en calidad de líder de la Cámara de Diputados, lanzó su queja a la opinión pública y el procurador general de la República ofrecía satisfacciones con disculpas a los legisladores y afirmaba que se trataba de una falta involuntaria de los agentes judiciales federales que habían sido enviados para aprehender a Lerma Candelaria.


Explicaba el funcionario que el parte rendido indicaba que el ayudante del diputado Lerma Candelaria entregó los documentos requeridos y que se había ofrecido a declarar en cuánto fuera llamado, y con ello se limaban las asperezas por la actuación del Poder Judicial.


Miguel Lerma Candelaria ya era un fugitivo desde ese momento, para las autoridades. La prensa nacional estaba volcada en su contra, salvo honrosas excepciones, casi nadie lo desagraviaba.


El aún diputado se encontraba en Estados Unidos cuando se enteró que Proceso publicó en la portada su fotografía y un título terrible que lo culpaba de lo que se le acusaba.


Indignado, tomó el teléfono y le marcó a Julio Scherer.


Él contestó:


- “Don Julio, habla Miguel Lerma”.


- “¿Qué pasó, don Miguel? ¿Habla para reclamarme la noticia de Proceso?”


- “No, de ninguna manera, sólo para comentarle que tenían razón: se ensaña con los amigos. Y eso que le nació incluirme entre los miembros de su familia...”


- “Es verdad, pero nunca le dije que yo sería su tapadera”.


- “No señor, jamás le pediría eso, sólo me interesa aclararle que lo único certero que dice la nota de su revista es mi currículo. Lo demás es lo que le dictó Óscar Flores Sánchez, porque ese cabrón no ha hecho otra cosa que difamarme. Y para acabar esta conversación, quiero decirle que es usted un hijo de puta. ¡Chingue a su madre!”


Y colgó la bocina.


Diez años después, de regreso a México, uno de los reporteros de la revista Proceso fue a ver a Miguel Lerma Candelaria, de parte de Julio Scherer, que le pedía una entrevista. Miguel se puso serio y le contestó:


- “¿Qué, acaso Julio Scherer no tiene huevos? Dígale que me la pida él.”


- “Perdóneme, pero yo no soy su mandadero”, contestó el reportero.


- “Pero de él sí. Dígale que quiero que me llame, no para darle la entrevista sino para mandarlo a chingar a su madre, y además recordarle lo del café en el hotel Presidente Chapultepec.”


En efecto, Julio Scherer confirmó que prefería perder un amigo que una portada. Quedaba clara su condición de periodista sin par, que tenía un lugar bien ganada en el ambiente informativo de la nación.

http://www.indicadorpolitico.com.mx




JUAN VILLORO
Leyenda y verdad. Julio Scherer

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/4607/villoro/46villoro.html


JULIO SCHERER GARCÍA ES UNA DE LAS PRESENCIAS FUNDAMENTALES PARA EL periodismo y la libertad de expresión en nuestro país. En este texto —leído el 4 de noviembre de 2007 en el Teatro “Macedonio Alcalá”, durante el homenaje que la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, el pintor Francisco Toledo y la editorial Almadía rindieron a Julio Scherer—, Juan Villoro, autor de Albercas, El disparo de Argón y El testigo, entre otros, nos ofrece un esbozo del gran periodista mexicano.
En el año canónico de 1968, cuando Julio Scherer García asumió la dirección de Excélsior, yo tenía doce años. Mi primera relación con el periodismo consistió en visitar la casa que rifaba “El Periódico de la Vida Nacional”. A la distancia, me parece extraño que no tuviéramos otra diversión que ir a una casa que sólo por azar podía ser nuestra.


Revisábamos las recámaras, los pisos relucientes, los grandes ventanales y el jardín como si aquel recinto entrañara una moral. En caso de que la suerte nos premiara, no sólo seríamos los felices propietarios de ese inmueble, sino que nos comportaríamos de otro modo. No me costó trabajo encontrar una habitación en la que me imaginé como el alumno modelo que nunca había sido, rodeado de amigos que al fin dejarían de ser imaginarios.

 
No ganamos la casa de Excélsior. Nuestra insistente participación en las rifas sólo nos dio un módico asador de carnes, con una parrilla cuadriculada, como la que se hizo cargo del mártir san Lorenzo.


En los siguientes ocho años, de 1968 a 1976, el Excélsior de Julio Scherer se convirtió en uno de los principales diez periódicos del mundo. Crecí leyendo los artículos de Daniel Cosío Villegas, Miguel Ángel Granados Chapa, Heberto Castillo, Enrique Maza y Carlos Monsiváis, las caricaturas narrativas de Abel Quezada, las crónicas deportivas de Manuel Seyde y Ramón Márquez, los reportajes de José Reveles y Ricardo Garibay, los comentarios sobre cultura de José Emilio Pacheco y José de la Colina, los cables internacionales que resumían el mundo en un minuto. Además, el periódico ofrecía publicaciones adicionales de alta temperatura intelectual: Vicente Leñero se hacía cargo de Revista de Revistas, Octavio Paz de Plural e Ignacio Solares de Diorama de la Cultura.


No pensé que este periodismo era un milagro, pues carecía de antecedentes y puntos de comparación. Durante ocho años una obra maestra llegaba a la casa con el sencillo aspecto de un periódico. Mi padre colaboró durante algunos años en las páginas editoriales, sin reponerse del asombro de que Julio Scherer solicitara la opinión de un filósofo, pero tal vez recordando que Hegel, gran devorador de noticias y transitorio director de un diario, había dicho: “La lectura matutina del periódico es una suerte de plegaria realista”.


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Para mi generación, el Excélsior de Julio Scherer fue la universidad abierta en la que ni siquiera supimos que estábamos inscritos. Sólo en 1976, con el golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría, entendimos que la destreza informativa, en apariencia tan natural como la rifa de una casa, había sido un excepcional acto de valentía y desacato al poder autoritario.


De acuerdo con Manuel Vázquez Montalbán, hay dos tipos de periodistas: los que trepan en un helicóptero, descienden en paracaídas a una selva, arriesgan la vida en la línea de fuego y regresan para ganar el premio Pulitzer, y los que escriben o corrigen artículos desde una sombría oficina saturada de humos y sospechas de mala muerte. Ambos son imprescindibles.

Pero hay un tercer tipo de periodista, que acaso sólo encarna Julio Scherer, el que asume su vida como una misión gregaria donde cada máquina de escribir depende de otra y transforma su carisma en recurso informativo. Alguien, en algún momento, debe ordenar que se detenga la rotativa y el periódico pierda millones de pesos a cambio de mejorar la primera plana, pero sobre todo, alguien debe descubrir el talento de los otros, olfatear las virtudes que el colega no ha advertido en sí mismo, revelarle que su oficio es una misión con una moral inquebrantable. Sí, alguien tiene que encabezar la cruzada o, si se quiere ser menos épico, asumir la dirección de la obra.


Aunque en una época ya inverosímil pasó por años formativos, a Julio Scherer ya sólo podemos verlo al frente del pelotón. Incluso en su momento de mayor desgracia, cuando tuvo que abandonar el edificio de Excélsior:

Las fotografías lo registran caminando con enjundia por Paseo de la Reforma. Su perfil de senador romano, ideal para adornar una moneda, sus pasos decididos, sus gestos todos pertenecen a alguien que ya conoce las noticias del futuro y sabe que son otros los que se fueron al carajo.


Las indicaciones de Scherer para entrar y salir de escena han alterado numerosas biografías. A Jorge Ibargüengoitia le habló para decirle: “Quiero que escriba de lo que le dé la gana”. A continuación, el novelista renovó la crónica con estampas sobre sus tías de Guanajuato, el tamaño de las banquetas de Coyoacán y las vacaciones de su sirvienta Eudoxia. La presencia de Ibargüengoitia en la página 7, dos días a la semana, se convirtió en paradigma literario y permitió que más tarde numerosos escritores entráramos al periodismo a desentrañar enigmas de lo cotidiano.

 
La entereza de Scherer se comprueba no sólo en su resistencia ante las presiones de los poderosos, sino en el respeto con que ha favorecido a sus subordinados. Como director, prefirió las voces de los otros y les buscó el espacio donde se expresaban mejor. El periodista de hierro entiende la razón como algo que está fuera de él y debe constatar. Por eso no le gusta que le hagan entrevistas: es él quien las hace. Tampoco busca ni suele aceptar homenajes, y educadamente resiste ahora estos elogios que en el fondo lo incomodan.


No pensé que este periodismo era un milagro, pues carecía de antecedentes y puntos de comparación. Durante ocho años una obra maestra llegaba a la casa con el sencillo aspecto de un periódico.




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La valentía no lo ha abandonado al enfrentar las amenazas y la adversidad sutil de las adulaciones.


Su mejor testigo, Vicente Leñero, ha dicho de él: No es profeta, ni visionario, ni orientador. Es testigo, sin partido político que lo ampare, sin compromiso que lo ate, sin futuro que lo consagre. El reportero es un hombre conjugado en el presente cuya misión es lanzar preguntas, no dictar respuestas. Pocos reporteros son, en México, tan reporteros como este Julio Scherer de corazón abierto a la curiosidad.


En uno de los muchos diálogos que han sostenido, el periodista por antonomasia le dijo a Leñero: “¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? Que si visitáramos a Picasso, tú te pondrías a ver los cuadros y yo le haría una entrevista”.


La única noticia falsa que ha dado Scherer es la de su retiro como guía de esfuerzos ajenos cuando dejó la conducción de la revista Proceso, que hoy dirige con acierto Rafael Rodríguez Castañeda. No hay forma de que deponga su gusto por sugerirle temas a los colegas o de que se abstenga de interrogar la realidad. Su entrega al periodismo es adictiva.


Leñero ha dejado constancia de la noche en que una fotografía de Raúl Salinas de Gortari iba a ocupar la portada de Proceso y no encontraban una frase para respaldarla. Cuando las ideas parecían agotadas, Scherer dio con una que ha transformado el habla popular de México: “El hermano incómodo”. Lo mejor de la anécdota es que la puntería del director reveló, una vez más, su entusiasmo por el oficio. Los ojos le brillaban cuando le comunicó el titular a Leñero: “Dime que te gusta, dime que te fascina, dime que te enloquece”. Scherer es injubilable porque el periodismo no representa para él un trabajo sino un acto de pasión.


Aun en la calma, sus llamadas telefónicas tienen la crispada energía de quien asigna tareas. Para un periodista contemporáneo, oír esa voz es lo más cerca que puede estar de hablar con Zeus. Al recibir una llamada de Scherer, el admirado interlocutor piensa con una mezcla de temor y vanidad: “Si me pide que cubra la guerra de Troya, no me voy a poder negar”.


Pero la curiosidad también lleva a Scherer a hacer llamadas a propósito de temas que no serán noticia. En una ocasión me pidió que habláramos del Quijote. El autor de Vivir matando jamás actúa por pose. Me dijo con absoluta franqueza que el personaje más célebre de la literatura lo tenía sin cuidado; que, sin embargo, gente que lo conocía muy bien insistía en compararlo con ese dichoso engendro. Me pidió que discutiéramos el tema sin que él tuviera que someterse a leer los desvaríos de un enfermo de literatura.


El recelo de Scherer no podía ser más comprensible: el Caballero de la Triste Figura vive inmerso en la mentira y él, reportero de raza, persigue la verdad. Al mismo tiempo, no hay personaje que se le parezca más en el combate contra las desmesuras del poder. Y no sólo eso, en su discurso sobre las armas y las letras, el Quijote contrapone al hombre de acción con el poeta y toma partido por el soldado, el “mílite guerrero”, que se juega el cráneo en cada lance.

Para Cervantes, la ética no es nada sin la valentía. Egresado de Lepanto, busca una síntesis entre el intelecto y la acción. Su protagonista malinterpreta el mensaje y pone la espada al servicio de su delirio. Nada puede ofender más a Julio Scherer, que pone la palabra al servicio del combate y asume el riesgo superior de no confundir a los molinos de viento con gigantes y enfrentar al huésped que no paga alquiler en Los Pinos.

 

De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, México es actualmente el segundo país más peligroso para ejercer el periodismo, sólo superado en riesgos por Irak. En este entorno, Scherer prolonga una saga de caballería; si critica al Quijote es porque no le gusta que un colega se extravíe en la magia de las palabras en vez de vigilar los hechos.

“El periodismo es rudo por naturaleza”, ha dicho Scherer. Al modo de los grandes del box, está más orgulloso de sus heridas que de sus trofeos. La valentía no lo ha abandonado al enfrentar las amenazas y la adversidad sutil de las adulaciones. Hay periodistas que deben moderar el tono de sus artículos porque esa mañana el director de su periódico desayunó con el político que ellos pretendían criticar. La conciencia de Scherer no depende de su estómago. No hay oferta o halago que altere su tono. Basta ver la forma en que conversa, incluso con la gente que no le simpatiza. Su mano toma con firmeza el antebrazo del interlocutor, le golpea la rodilla, lo ve a los ojos con mirada hipercuriosa, el pelo agitado en tirabuzones, como un director de orquesta en un fortissimo. Scherer atenaza, atrapa en la conversación. No hay modo de distraerlo para que acepte un terrenito o un golpe para volver a Excélsior.



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Y cuando no tiene a quien entrevistar, se entrevista a sí mismo. Su libro más reciente, La terca memoria, recorre pasajes de los que ha sido testigo. Desde el presente, Scherer cuestiona al Julio que estuvo ahí; pone en tela de juicio al que vio aquello, le exige razones y respuestas.


Hace unos días, el fulminante caricaturista Gonzalo Rocha me señaló la importancia que la cárcel ha tenido como espacio periodístico y metáfora del oficio en la obra de Julio Scherer. En efecto, el reportero que anhela la libertad se ha ocupado de la mente cautiva (Siqueiros en Lecumberri), los reclusorios mexicanos y ciertos personajes impunes cuya única condena es la celda provisional que el cronista les otorga.


En 2001, Scherer entrevistó al subcomandante Marcos para Proceso y Televisa. El diálogo no podía ser fácil: enfrentaba a dos talentos de la retórica y a dos líderes naturales, acostumbrados a llevar la voz cantante. El resultado fue una pieza histórica, en la que ambos se esforzaron por entenderse y destacar ante los oídos del otro. Como en una partida de ajedrez, al final de la conversación, el periodista pidió al guerrillero que resumiera en un cuento su marcha a la capital. Marcos improvisó una fábula. Luego preguntó con el obligado candor que alguien de mi generación muestra ante Julio Scherer: “¿Pasé el examen?”


Scherer es el maestro. Por eso me desconcertó tanto que asistiera a un seminario que un grupo de colegas impartíamos en la revista Proceso. “Vengo a aprender”, dijo en forma desarmante. Después de las exposiciones, fue un alivio que nos corrigiera desde su silla de falso alumno. La vida había vuelto a la normalidad.


Cuando yo tenía doce años pensaba que el periodismo servía para ganar una casa. Hoy pienso lo mismo, pero por otras razones. En Excélsior y en Proceso, Julio Scherer construyó un espacio para la verdad, ruidoso y a veces exagerado, pero de puertas abiertas, hospitalario. Numerosas presiones lo asediaron y es un privilegio poder decir esta tarde en Oaxaca que le hicieron lo que el viento a Juárez.


“La mayoría de las vidas humanas son simples conjeturas”, escribió Julio Ramón Ribeyro. “Son muy pocos los que logran llevarlas a la demostración”. No es casual que la Fundación de Nuevo Periodismo, creada por Gabriel García Márquez, decidiera que su primer premio a una trayectoria ganada desde el periodismo fuera para Julio Scherer, que ha llevado su vida a la demostración.


Concluyo con una fábula sobre el inconforme ante el poder. En su biografía de Montesinos, el cronista peruano Luis Jochamovitz narra toda clase de descalabros morales y abusos políticos, pero desemboca en una nota esperanzadora. Durante años, Montesinos, hombre fuerte de Fujimori, corrompió en la sombra a infinidad de gente. Sin embargo, una tarde se enfrentó con alguien que tranquilamente le dijo que no y salió por la puerta como si su vida no estuviera en peligro. Que uno solo se negara a doblegarse, indicaba que no todo estaba perdido.


Demasiadas veces, los periodistas se han visto forzados a desviar la vista. Entre nosotros ha habido al menos uno que no ha cerrado los ojos. Como el rebelde de la fábula, él nos justifica a todos. Pronuncio el nombre de quien ha vivido para la verdad pero, muy a su pesar, ya se inscribe en la leyenda: Julio Scherer García.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El "santo niño" Fidencio, Calles y las devotas dinamiteras de Cristo Rey

Polvo es una novela histórica que de algún modo anuncia lo que puede volver a ocurrir.

A mí me llegaron al alma los trazos que Benito Taibo hizo para mostrarnos cómo eran los amos del Acapulco de entonces. Antecesores, por cierto, de los señores de hoy, de horca y cuchillo, quienes pretenden, pero para todo el país, la restauración del antiguo régimen priista con su ingente esquema de dominación basado en la corrupción —¡más corrupción!— y en el derramamiento de sangre. Mucha más sangre para mantener contentos a los gringos.

Sin embargo, lo que más me impactó, se los confieso, fue Juan R. Escudero; su estatura moral. Su gran rol en la historia de este país, aunque prácticamente este héroe enorme sólo sea recordado hoy por la gente ilustrada y, desde luego, en los círculos de los sindicalistas aún limpios y entre las familias de los nuevamente empobrecidos trabajadores de Acapulco.

Juan Ranulfo Escudero era como el león aquel dispuesto para saltar, imaginado por el ayudante del edil dentro del pecho de ese mismo presidente municipal.

"Polvo", novela de Benito Taibo en la Feria del Libro de Pachuca

Presentación de la primera novela de Benito Taibo en
la Feria del Libro Universitario
Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo
Viernes 2 de septiembre, 2011

EDUARDO SUÁREZ

Cuando una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa para saltar.
Carlos Marx

UNA DE LAS DEFINICIONES MÁS ACEPTADAS ACERCA DE LA NOCIÓN DE locura es “insistencia en hacer algo o insistencia en actuar de determinada manera, aunque el haber hecho antes ese algo o el haber asumido antes esa misma manera de actuación —o de NO actuación— nos haya arrojado siempre los mismos resultados funestos”. Quizás radica aquí la razón por la cual Benito Taibo insiste, a través de su novela titulada Polvo, en que México es un país donde “nadie habla y a pesar de ello se escuchan por doquier sordos sollozos”.

En medio de esta circunstancia demencial que bien describe, el autor hace que uno de los personajes de su libro, un reportero sin nombre, se suba a un tren. Que viaje en ferrocarril de México a Espinazo, pueblito éste del estado de Nuevo León (en la parte noreste de la República), y que durante el trayecto se desplace desde el primer vagón del “expreso” hasta el último (inclusive un carro más allá detrás del cabús): un vagón destinado a enfermos contagiosos, graves -dándole así la oportunidad al periodista, o sea al personaje creado por Taibo, de que analice in situ los estratos de los que está compuesta nuestra convulsa nación.

Aquello es igual que transitar “por los nueve círculos” dantescos. Y “así”, ejemplifico, dice:

La tercera clase dista mucho en comodidades de las dos primeras; los bancos [donde los pasajeros toman asiento] son de madera sin forrar. Huele mucho peor. Las gallinas, los cerdos y los guajolotes campean a sus anchas, y las mujeres y niños que duermen en el suelo allí mismo hacen sus necesidades.

Como sea, el artilugio literario es válido. En una sociedad cruel en extremo, como la que padecemos nosotros (que premia a neuróticos-NO-lusers-sino-“triunfadores” y que eleva al poder a los ambiciosos pero no en atención a sus virtudes, sino en función de su vulnerabilidad moral, su incapacidad intelectual y sus defectos), Benito Taibo nos recuerda que los desposeídos de México hemos dejado de hablar desde el día en que nos dimos cuenta que allá arriba, donde se dictan los destinos nacionales y locales, nadie está interesado en escucharnos.

Que, por lo visto, “el silencio es el acompañante perpetuo de nuestra raza. A veces por obligación, las más de las ocasiones por prudencia, [pero] siempre conteniendo la rabia”.

Se mueve Taibo, Benito, en la época de la Cristiada, cuando ciertos sacerdotes católicos convencían a las mujeres más devotas a viajar en ferrocarril con cartuchos de dinamita escondidos entre sus calzones y cuando el presidente Calles desató una cruenta persecución religiosa. Mezcla podrida la del jacobinismo oficial y el triste afán de soliviantar a la masa, tan propio de la alta jerarquía eclesiástica.

Con vigor inusitado en lo que es una primera novela, Polvo nos hace que también volteemos la vista hacia otros atavismos perniciosos. Como el que se hace presente —pongo un caso— a través de la figura del “santo niño” Fidencio. Pero insufla dosis de optimismo y oxigena —mediante la vida ejemplar de Juan Ranulfo Escudero, el sindicalista guerrerense que fundó el primer municipio socialista que hubo en nuestro país: el de Acapulco— el ánimo de quienes aún sueñan (lo hacen luchando) en la posibilidad del comunismo libertario y la justicia con dignidad.

Leo en la página 254 y siguientes:

Lunes 6 de febrero de 1928 […] Hoy el vagón de los enfermos ha depositado en Espinazo una carga insólita. Han bajado de uno a uno, muy serios y formados en fila india, cincuenta hombres barbados a los cuales, sin excepción, les falta la pierna derecha. Si no fuera un hecho verdaderamente dramático, movería a risa, podrían aparecer en una película de Harry Langdon o de los Keystone Kops. Es probable que sean militares; sólo miran hacia el frente y van apoyando la muleta idéntica a un ritmo y con una sincronización que delata su origen. Tal vez vengan de paseo. Dudo enormemente que las curaciones que aquí se realizan puedan ayudar a que crezcan piernas donde sólo hay hoy carne talada. Me conmueve la ingenuidad de algunos y ya no me sorprende en absoluto la mala fe de otros que andan ofreciendo imposibles en esta supuesta tierra prometida. Supe por los diarios que hay una agencia de viajes en la ciudad de México que ofrece unos pomposos "paquetes curativos" de una semana a unos precios estratosféricos.
Veo que Casillas está de pie escrutando el horizonte con una muy singular concentración y me le acerco sin hacer demasiado ruido.
—¿Qué pasó, amigo?, ¿cuándo se marcha? —le digo sacándolo de su ensimismamiento.
—¿A dónde? —responde inmediatamente.
—Vi que anda ordenando sus cosas. ¿O es nomás por hacendoso?
Ante la evidencia, saca dos cigarrillos ya liados del chaleco y me ofrece uno mientras asiente con la cabeza.
—Ya casi terminé lo que vine a hacer aquí. Todavía hay un mundo por descubrir.
—Me parece que yo también estoy acabando lo que vine a hacer; no hay mucho más por contar, temo que mis lectores acaben odiándome. Es realmente difícil ser objetivo cuando pasan cosas tan extrañas a tu alrededor.
—¿Está dudando de sus convicciones?
—No, no es eso. Lo cierto es que ciertas situaciones y eventos me resultan del todo inexplicables. Y justamente no quiero pecar de ingenuo. Tal vez me falten conocimientos para relatar de manera clara lo que aquí sucede.
—O le falte fe, mi amigo.
Me quedé callado, no era un tema que quisiera discutir con él ni con nadie. En cambio, señalé a las vías del tren al tiempo que con la otra mano me hacía visera sobre los ojos.
Reverberando en pleno mediodía notaba una figura vestida de blanco, a la cual desde nuestra posición era imposible reconocer pero que caminaba con la cabeza gacha sobre los durmientes.
—Sea quien fuere, morirá de calor —dije.
—Sea quien fuere, no debería estar allí —y su voz sonó con una frialdad que a mí, a pesar del intenso sofoco, casi se me hiela los huesos.
Echó a andar hacia la figura y ante la intensidad con la que pronunció esas últimas palabras me quedé en mi sitio de gayola de sol, muy quieto, para esperar el desenlace de un acontecimiento del que no entendía absolutamente nada. Casillas hablaba con la figura y conforme pasaban los segundos manoteó un par de veces en el aire. El encuentro fue muy breve. La figura blanca volvió repentinamente hacia la casa grande, y Casillas, sudando a mares, regresó hasta nuestro privilegiado observatorio.
—¿Problemas? —pregunté mientras escupía una brizna de hierba.
—No particularmente. Creo que llegó el momento de contarle la verdad. Solicito de usted la más absoluta secrecía en aras de esta amistad que hemos forjado a lo largo de los días —dijo muy serio, guardando su habitual sonrisa en uno de los bolsillos del chaleco.
Dio entonces un trago largo de agua de una de las tazas de peltre, como preparándose para emitir un discurso. Lo miro como quien ve por primera vez a un rinoceronte, con curiosidad pero con extrema cautela ante el tamaño y la coraza del animal.
—Usted es gente de bien, gente de fiar. A pesar de ser periodista, tiene sensibilidad para saber qué contar y qué no. Tiene discernimiento.
Hizo una pausa y luego me soltó de golpe:
—Pasado mañana llegará a Espinazo el presidente Plutarco Elías Calles.
Si el silencio pudiera escucharse, en esta ocasión hubiera sonado como la [obertura]1812, con cañonazos y todo. Bullían en mi cabeza uno y mil pensamientos. Atiné, a duras penas, a preguntar:
—¿Van a cerrar el lugar?
—Todo lo contrario, amigo. Viene a buscar remedio para sus males. Tiene cita con el Niño Fidencio.
Casillas miró hacia los lados asegurándose de que estuviéramos solos, a pesar de estar en uno de los lugares más concurridos de la Tierra.
—Y yo vine a la vanguardia para asegurarme de que la visita transcurra en tranquilidad —dijo.
Asentí en silencio. El supuesto pintor de milagros pertenecía a los servicios secretos del gobierno de la República y estaba aquí en una misión. Yo no estaba seguro de querer escuchar la historia completa acerca de su enrolamiento, ni de lo que hasta ahora había descubierto. Era un policía y mi relación con la policía es de todos bien conocida. Pero también es cierto que ya se había vuelto una especie de amigo, lo más cercano a un amigo que yo haya tenido en mi vida.
En aras de ese vínculo con el que los hombres ponemos en manos de otros un trozo del alma y del corazón, me resigné a ser una vez más custodio de secretos incómodos. Así me enteré de que el demonio iba a venir a ver al santo. Menudo encuentro que, si no fuera por lo convulsionado del país y la cantidad de sangre derramada hasta el momento, incluso podría mover a risa o parecer ridículo.
El representante de un Estado laico, furibundo defensor de esa laicidad, enemigo acérrimo del clero, venía a ponerse en las manos de Dios.


SI PARA REFERIRSE al poeta universal César Vallejo, el intelectual peruano, comunista, José Carlos Mariátegui escribió que “su mensaje está en él”, para aludir aquí al escritor mexicano Benito Taibo y a su primera novela, titulada (ya lo dije) Polvo, hay que sugerir —por lo menos, para hacer homenaje a la verdad— que su mensaje está en ambos: en la novela y en su autor-poeta, pues aunque abundan poetas y hacedores de libros dizque de narrativa que alquilan su pluma o de plano ellos mismos son conservadores, la poesía siempre es revolucionaria.

Y Polvo, la primera novela del poeta Benito Taibo Mahojo, es —sin exageraciones— subversiva. No en balde nuestro Paco Ignacio Taibo II ha declarado que

Una buena novela dura más que un orgasmo, bastante más que una larga película, y tiene la virtud de hacerte ver el mundo con los ojos de otro. Ofrece información en profundidad acerca de un tejido social, explora los paisajes humanos y contiene material estimulante para la imaginación. Es, quizás, el acto cultural más subversivo con que contamos.


CON ESA RABIA que contagia a su público pero que en la medida en que avanza la lectura va traduciéndose en amor genuino por la humanidad, por la tierra que nos ha visto nacer y por los desposeídos, Benito Taibo como que nos va recordando que las siete cosas que más le han costado a nuestro pueblo son:
la pierna de Antonio López de Santa Anna
el brazo de Álvaro Obregón
la cleptomanía de Miguel Alemán Valdez y de casi la totalidad de los jerarcas priistas
el delirio genocida de Díaz Ordaz, Echeverría y Carlos Salinas
el nepotismo de José López Portillo y la señora Martha Sahagún de Fox
las concesiones televisivas a favor de Azcárraga y Salinas Pliego
y el cinismo parlanchín de obispos como Sandoval Íñiguez, Rivera y, ¡cómo no!, Onésimo Cepeda Silva —este último de Ecatepec, Estado de México.

Leo en la página 102 y después —a manera de digresión momentánea, sólo para apostillar— en la página 99:

La Luz del Pacífico tiene treinta y dos empleados, de los cuales veinte son mujeres. Los conté de a uno por uno a la salida de la fábrica que no era más que un enorme galerón por la zona de la recién creada colonia Juárez (en el municipio de Acapulco, estado de Guerrero). Una vendedora de tuba me confió las desgracias a que estaba sometida esa insólita tribu que trabajaba de sol a sol por míseros salarios y también me fui enterando poco a poco de las terribles condiciones en las que, sumidos en un calor infernal sumado al que de por sí hay en el trópico, hacían velas, veladoras, cirios y ceras. Sólo tenían permiso de beber agua una vez cada hora y estaba estrictamente prohibido salirse del lugar de trabajo asignado a cada obrero u obrera antes de que hubiese concluido la jornada laboral de por lo menos 12 horas consecutivas de duración.
El patrón era un tal Sáenz, hijo de gallegos… Un par de matones, el Chuy y el Coco, eran los encargados de mantener el orden cada vez que se daba el más mínimo reclamo. Generalmente las cosas se recomponían con un par de garrotazos, pero hace un par de meses el primer instigador de la creación del sindicato, Casimiro Bulnes, había desaparecido misteriosamente. Hablé con su esposa y…

¡Y ya sabemos: nada más que resignación bendita! Ni una pizca de santa rebeldía; ni un reclamo de justicia terrenal. Nada.


LA RESIGNACIÓN ES "como un mal que azota a nuestra tierra", leo en el texto, “como si de una plaga se tratase”.

Tiene que ver —me imagino y en esto le doy la razón a Benito Taibo— con los muchos años de dominio colonial español. Con la insistencia machacona y dominical, repetida en los púlpitos de las iglesias para loar a la mansedumbre y poner-la-otra-mejilla a la hora de los agravios:

Ni la gesta independiente ni después una revolución con más de un millón de muertos han logrado quitarnos de encima esa culpa que no nos merecemos. No somos más que ovejas caminando rumbo al matadero, balando estupideces. Y cada vez que aparece una oveja negra, como Casimiro Bulnes, ni siquiera [le permiten llegar] al matadero: una barranca profunda, una playa sucia, cualquiera, sirven para darle fin.

No obstante, Benito Taibo, que ha leído —como yo un poquito— al “viejo topo”, alcanza a ver que cuando una nación entera se avergüenza es león que se agazapa para saltar:

Acapulco [a comienzos de la década de los años veinte del siglo pasado; páginas 30 y 31 de la novela Polvo] estaba en manos de un grupo de oscuros comerciantes españoles que se habían hecho de oro con la complacencia de autoridades civiles, militares y religiosas. Explotadores que obligaban a descargar barcos mercantes de sol a sol por pagas miserables y dueños de todas las tiendas de ultramarinos y avituallamiento del puerto, y que daban o quitaban crédito a conveniencia.
Las pocas veces que se levantaba una voz de protesta, no era difícil que a la mañana siguiente el dueño de la misma voz apareciera con un tiro en la cabeza por el rumbo de la playa de Caleta con los ojos mordidos por los peces.
[Aquéllos, los que pagaban a los asesinos] eran los dueños de todo [en Acapulco] desde que la nao de Manila apareció por primera vez en la bocana. Con una mano repartían cochupos y prebendas y con la otra se santiguaban en la catedral todos los domingos sin falta.

Nos cuenta el autor (pp. 103-104) que, sin embargo, el día en que Juan Ranulfo Escudero estaba recibiendo el informe acerca de la condición infrahumana a la cual habían sido reducidos los obreros y obreras de La Luz del Pacífico

[primero se mantuvo escuchando] en el más absoluto de los silencios, dejando caer las cenizas de un purito en el cenicero que adornaba la mesa del presidente municipal del puerto de Acapulco.
A veces asentía con la cabeza y hacía un pequeño ruido con la garganta, como si de un gruñido se tratara, como si en su pecho viviera un enorme animal que estuviera a punto de despertar y pudiera saltar, rompiendo su camisa de algodón, para comerse de dos tarascazos a todos los dueños de todas las fábricas del mundo, para venir así a poner un poco de justicia en este páramo […]
—Vete con Valentín, Pérez Campa y dos o tres más, por instrucciones mías, a formalizar el sindicato. Planten una mesa en la puerta de la fábrica, pongan papeletas y una urna, que los trabajadores voten en secreto. Levanten un acta y den posesión al nuevo comité. Si el patrón o sus esbirros intentan algo, vuelvan aquí y llévense a dos o tres policías. Si las cosas se salen de madre, lleven también a un notario para que dé fe de los hechos. Vayan armados. ¿Preguntas? —dijo Escudero.
—Sí, una, ¿de dónde saco la urna? —interrogué yo, preocupado, pues todavía me consideraba a mí mismo un sindicalista imberbe, un chamaco decidido pero novatón.

Quien formuló esta pregunta acerca de la dichosa urna y acerca del lugar en donde obtenerla, fíjense ustedes, fue ni más ni menos el muchacho que más adelante, en la novela, descubriremos convertido en el reporter asignado por su diario para escribir un artículo (o varios) sobre el “santo niño” Fidencio, sus milagros reales o ficticios, etcétera…

Pues bien, a este sindicalista aún jovencito le habría respondido Escudero, en Acapulco, lo que enseguida les voy a leer:

—[Tómala] de donde sea. Una caja, una sopera, un sombrero sirve como urna. No te preocupes; lo que importa es el fondo, no las formas.

“Me di la media vuelta”, relata el joven, para salir de la oficina de Escudero. “Y logré escuchar a mis espaldas un ‘¡cuídense!’ que salía de la boca de un hombre que se estaba dando cuenta de que hablaba con uno de sus hijos.”

Lo que viene a partir de este episodio es de pronósticos de veras reservados. No es meta de esta plática narrarles la novela entera, sino invitarlos con cordialidad a que la compren. Nada más les digo y pueden creerme que su lectura me resultó deslumbrante. Se trata de una novela, además, espeluznante y harto conmovedora; sobre todo porque está basada en hechos reales.

Es una novela histórica que de algún modo anuncia lo que puede volver a ocurrir.

A mí me llegaron al alma los trazos que Benito Taibo hizo para mostrarnos cómo eran los amos del Acapulco de entonces. Antecesores, por cierto, de los señores de hoy, de horca y cuchillo, quienes pretenden, pero para todo el país, la restauración del antiguo régimen priista con su ingente esquema de dominación basado en la corrupción —¡más corrupción!— y en el derramamiento de sangre. ¡Mucha más sangre para mantener contentos a los gringos!

Sin embargo, lo que más me impactó, se los confieso, fue Juan R. Escudero; su estatura moral. Su enorme rol en la historia de este país, aunque prácticamente este héroe enorme sólo sea recordado hoy por la gente ilustrada y, desde luego, en los círculos de los sindicalistas aún limpios y en el seno de familias de los nuevamente empobrecidos trabajadores del Acapulco actual.

Les han birlado hasta el Tianguis Turístico. ¡Qué poca imaginación la de la tecnoburocracia federal en turno, y qué grandes sus ganas de joder!

De ese gran personaje, Juan Ranulfo Escudero —presidente municipal, como mencioné antes, del primer Ayuntamiento socialista instalado en México, nada menos que por voto universal, directo y secreto del pueblo—, nos da cuenta Benito en su novela, a través de su personaje preferido: el muchacho guerrerense que al crecer se hizo reportero (pp. 28 a 30 de esta novela).

Escúchenme ustedes:

Desde el verano de 1916 y gracias a la recomendación de mi padrino Domingo, fui admitido formalmente en la Liga de Trabajadores a Bordo de los Barcos y Tierra; el sindicato fundado por Juan Ranulfo Escudero, ese alto acapulqueño, de bigote engominado y mirada quebradiza que había logrado, junto con un puñado de trabajadores, entre ellos mi padre, conseguir jornadas de ocho horas de trabajo, el descanso dominical, pago a la semana y protección contra accidentes.
Escudero tenía hormigas en los pantalones. Los gachupines, dueños de casi todas las tiendas comerciales del puerto, lo odiaban a muerte y lo miraban con una mezcla de temor y desprecio mientras arengaba a estibadores, pescadores y prostitutas en busca de mejores condiciones de vida. Escudero era para ellos el bolshiviqui y, del mismo modo que se concebía a los rusos con raras ideas sobre los pobres y los ricos, [Escudero] era considerado igual que un personaje satánico que pretendía hacer una revolución roja en un país donde acababa de terminar apenas una.
Los comerciantes hispanos usaron todas sus malas influencias y convencieron al jefe militar de la zona, Silvestre Mariscal, de que expulsara a Escudero de Acapulco por revoltoso. Casi tres años después de ese exilio involuntario que le sirvió para aprender muchas cosas, regresaría aquél con más bríos y con una gran idea en la cabeza.
Fue en los primeros días de enero de 1919. Algunos dicen que era Eddy Polo el que estaba en pantalla en el cinematógrafo; yo sé a ciencia cierta que era Tom Mix. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Tuve la oportunidad, esa tarde, de besar seis veces a María, la hija de don Fausto, jefe de los bomberos.
En cuanto terminó la película y empezaron a encenderse las luces en el “Salón Rojo”, la voz gruesa y potente de Escudero se escuchó desde una de las plateas, como si de un trueno se tratara:
—¡Acapulco no es de los gachupines explotadores! Acapulco es de todos: los estibadores, los empleados, los pescadores, los prácticos del muelle, las mujeres de la vida galante…
Sostenía en la mano izquierda su sombrero, muy pegado a la pierna; era un bombín negro que le quedaba pequeño. La [mano] derecha daba golpes en el aire, como si con ella quisiera meter en la cabeza de los allí reunidos toda la rabia contenida por años.
El cine lleno, estupefacto, lo miraba mientras subía cada vez más el tono de su voz. Y Escudero desgranaba agravios como quien desgrana una mazorca.
Los dueños del cine, españoles ambos, Maximino y Luciano San Millán, rápidamente se sintieron aludidos y mandaron traer a los policías de la garita que estaba tan sólo a unos pasos.
—Convoco a todos los aquí reunidos, a todos los habitantes justos y nobles de Acapulco, a fundar un partido político de los trabajadores y para los trabajadores —decía Escudero a gritos entre una salva de aplausos que estalló espontáneamente.

“Lo demás es historia”, nos dice Taibo. Veinte uniformados irrumpieron en el interior del cine con la intención de llevarse al "agitador", pero se los impidieron los hombres, las mujeres, todos los niños, los jóvenes, las muchachas, los adultos y los ancianos del público.

Juan Ranulfo Escudero era como el león aquel imaginado por quien era casi un niño dentro del pecho de ese mismo edil-presidente municipal.

Hoy ese león es la nación mexicana que, avergonzada en medio del oprobio, dice “basta” a la oligarquía, dice “no más” a la mafia y se está agazapando para saltar. Actuemos con responsabilidad para que todo pueda resolverse bien y sin violencia.

Twitter: @EduardoSuarez_

viernes, 12 de agosto de 2011

Y si hay más quejas, ¡les arrojarán bombas de napalm!

Twitter: EduardoSuarez_


SÍ, CHATO, ¡AHÍ ESTÁ EL DETALLE! El mejor homenaje (involuntario) a Mario Moreno "Cantinflas" se lo hizo un tal Castillo, quien cobra como procurador de (in)Justicia en el estado mangoneado por Peña Nieto.


Quesque si la adrenalina, quesque si la chota mexiquense "trabaja" con los nervios de punta, que qué tal si los parlanchines defensores de las comisiones de defensa de los derechos humanos se pusieran un ratito los zapatos (o las botas) de tan esforzados elementos al servicio de la pacificación del país... En resumen, que más vale que así puedan entenderlo todo el poeta Efraín Bartolomé, su mujer y el resto de los damnificados.
En cuanto noticiario radiofónico y de TV lo dejaron hablar, sostuvo el tal Castillo que ha corrido ya de la PGJ-Edomex a tantos agentes del Ministerio Público abusivos y a no menos policías ladrones y madreadores, que pues... mire usted, ¡ni pensar en quedarnos de plano sin delincuentes vestidos de uniforme!
Quesque menos mal que en esta vez los daños "colaterales" como que valieron la pena, pues los genízaros del que aspira a ser el próximo presidente de México lograron -entre tanto golpeado y despojado de sus pertenencias durante el "operativo" heróico- echarle el guante al peligrosísimo (aunque éste sin uniforme de la PFP) Mano con Ojéis.
En consecuencia, Efraín, su mujer y sus vecinos -tan robados y vejados y golpeados la madrugada del jueves 11 de agosto- deben sentirse en verdad privilegiados. Porque a las violadas de Atenco, a todos los de ese pueblo sobre el cual se volcaron furia y frustraciones del neopriista Vicente Fox y de sus correligionarios salinistas: la rata Montiel y Enrique Peña Nieto, no les tocó ni un modesto... ni un pinche "¡Usted disculpe!"
Aunque sea sólo para cubrir apariencias, no cabe duda de que, si el país no, los atropellos del poder contra los ciudadanos sí se modernizan. Ha de ser porque ahora, gracias al antipatriotismo de Los Pinos, los agentes del MP corruptos y los sádicos cuerpos policiales de México trabajan ya bajo el mando directo de los gringos.

Y si no, ¡que Bartolomé se ponga sus huaraches!


Twitter: EduardoSuarez_


SÍ, CHATO, ¡AHÍ ESTÁ EL DETALLE! El mejor homenaje (involuntario) a Mario Moreno "Cantinflas" se lo hizo un tal Castillo, quien cobra como procurador de (in)Justicia en el estado mangoneado por Peña.


Quesque si la adrenalina, quesque si la chota mexiquense "trabaja" con los nervios de punta, que qué tal si los parlanchines defensores de las comisiones de defensa de los derechos humanos se pusieran un ratito los zapatos (o las botas) de tan esforzados elementos al servicio de la pacificación del país... En resumen, que más vale que así puedan entenderlo todo el poeta Efraín Bartolomé, su mujer y el resto de los damnificados.
En cuanto noticiario radiofónico y de TV lo dejaron hablar, sostuvo el tal Castillo que ha corrido ya de la PGJ-Edomex a tantos agentes del Ministerio Público abusivos y a no menos policías ladrones y madreadores, que pues... mire usted, ¡ni pensar en quedarnos de plano sin delincuentes vestidos de uniforme!
Quesque menos mal que en esta vez los daños "colaterales" como que valieron la pena, pues los genízaros del que aspira ser el próximo presidente de México lograron -entre tanto golpeado y despojado de sus pertenencias durante el "operativo" heróico- echarle el guante al peligrosísimo (aunque éste sin uniforme de la PFP) Mano con Ojéis.
Es, por lo tanto, irrefutable que Efraín, su mujer y sus vecinos, tan robados y vejados y golpeados ayer por la madrugada (esto es, antes de las 05h00 del jueves 11 de agosto), deben sentirse en verdad privilegiados. Porque a las violadas de Atenco, a todos los de ese pueblo sobre el cual se volcaron furia y frustraciones del neopriista Vicente Fox y de sus correligionarios salinistas: la rata Montiel y Enrique Peña Nieto (por el malogrado hipernegocio del nuevo aeropuerto), no les tocó ni un modesto... un pinche "¡Usted disculpe, joven!
Aunque sea sólo para cubrir apariencias, no cabe duda de que, si el país no, la represión contra los ciudadanos sí se moderniza. Ha de ser porque ahora, gracias al antipatriotismo de Los Pinos, los MP y los cuerpos policiales de México trabajan ya bajo el mando directo de los gringos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Vida es movimiento; Patria, regeneración nacional

Twitter: @EduardoSuarez_




Declaración de la Red de intelectuales y artistas


“En defensa de la humanidad”




Un fuego encendido contra la noche oscura. Después de 500 años de resistencia y en el momento de celebración de los bicentenarios de la Independencia, el planeta se encuentra frente a una nueva ofensiva devastadora de Estados Unidos y los poderosos del mundo. La lucha tenaz de vastos movimientos populares y gobiernos revolucionarios y progresistas por la democracia, la justicia social y el derecho a ejercer su identidad —en el norte de África, el Medio Oriente, el sureste de Asia, el Caribe y Latinoamérica— es confrontada con nuevos escenarios de guerra con modalidades múltiples que abarcan todas las dimensiones de la vida y de los territorios.
La civilización creada por el capitalismo, incapaz de resolver los problemas generados por su propio desarrollo, los exacerba en su avance implacable contra la naturaleza y contra la humanidad. Esta América nuestra ocupa un lugar destacado en la crisis general. La presencia de realidades nuevas, que se manifiesta en la integración, cooperación solidaria y esperanza que significa la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA), y organismos como la Unión de Naciones del Sur (UNASUR) más la naciente Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), enfrentan la renovación —en escala ampliada— de viejos factores de riesgo, y dibujan, también, un escenario de ocupación total.
Con 20 nuevas bases militares de Estados Unidos; con golpes de estado como vieja-nueva estrategia imperial; con acuerdos de seguridad invasores de las soberanías de los pueblos; con ejercicios de entrenamiento y patrullaje permanentes; con megaproyectos como el Plan Puebla-Panamá y la Integración de la Infraestructura Regional de Sudamérica, se tienden las condiciones para la transformación masiva de nuestras riquezas hídricas, bióticas, energéticas y mineras en nuevo capital natural, y de nuestras riquezas culturales en capital humano y mercancía intelectual.
Ante la catástrofe civilizatoria, la disyuntiva es de vida o muerte. Nuevas formas de dominación, apropiación y expansión del capitalismo conducen a nuevos desafíos que ya hay que aprender a enfrentar.
Es necesario fortalecer nuestras capacidades de intelección para descifrar y adelantarnos a esta carrera suicida. Es urgente consolidar las bases sobre las que se levante un mundo emancipado, sin colonialismos, sin colonias ni imperios, sin esclavitud ni racismos, sin sometimiento de ninguna forma de vida.
El diálogo entre las cosmovisiones y las tradiciones liberadoras de la humanidad, la poesía, los cantos, la danza, el arte y la imaginación creadora de nuestros pueblos, contribuirán a encontrar nuevos lenguajes y caminos decisivos para la emancipación material, cultural y espiritual, en el abrazo con todos los pueblos de la Tierra.
Por esto, intelectuales y artistas de la América Latina y el Caribe nos proponemos:
1. Movilizarnos en contra de las guerras y expansiones territoriales de los poderosos del mundo, en cualquier parte que ocurran.
2. Luchar por una democracia participativa de amplia base popular, respetuosa e incluyente de nuestras diversidades, que amplíe los espacios políticos de acuerdo entre las visiones y prácticas culturales diferentes y garantice condiciones de justicia, paz, autodeterminación e independencia de todos los pueblos.
3. Como parte del proceso emancipatorio, celebrar y defender los logros y conquistas de los movimientos sociales y de los gobiernos revolucionarios y progresistas, sin dejar de trascenderlos en pos de alcanzar los amplios horizontes que dibujan nuestras utopías.
4. Movilizar todas nuestras energías para lograr la desmilitarización y la salida de las fuerzas extranjeras de Haití —agravio contra la dignidad, la justicia, la democracia, la soberanía y la inteligencia de un pueblo que fue capaz de conducir la primera lucha de Independencia del planeta contra la expansión genocida con la que se fundó el sistema-mundo capitalista. (Necesitamos crear un acercamiento solidario de los pueblos del mundo con Haití —como el que han mantenido Cuba y Venezuela— ante los estragos de la ofensiva a la que ha sido sometido por los intereses imperiales).
5. Empeñarnos en crear condiciones para lograr una paz verdadera para el pueblo colombiano, sabiendo que es necesaria para asegurar condiciones democráticas y de paz justa en todos nuestros territorios. Instar a la UNASUR y a todas las instancias regionales e internacionales a trabajar por la democracia y la paz en un país que suma ya 600 mil muertos en un genocidio continuado y permanente. Colombia es un espejo para el futuro de varios de nuestros países.
6. Participar en el amplio debate sobre la situación y perspectivas de Nuestra América y el mundo en las vísperas de la Cumbre de Río + 20 que impulsan pensadores y movimientos sociales en todo el planeta.
7. Generar un amplio debate sobre sentidos y significados de una realidad compleja y abigarrada que se modifica y profundiza sus contradicciones, a la vez que abre múltiples horizontes utópicos y exige nuevas energías y conocimientos al servicio de la lucha emancipatoria.
8. Hacer frente a la guerra mediática con un trabajo sistemático y consistente en la batalla de las ideas y en la construcción de sentidos comunes emancipatorios y comprometidos con la liberación de nuestros pueblos. Buscar formas de expresión e interlocución que involucren todo el espectro de nuestros lenguajes, cosmovisiones y la riqueza de nuestras culturas; que apoyen las iniciativas existentes de comunicación alternativa y que se apropien de las nuevas herramientas tecnológicas sin desestimar las antiguas.
9. Ampliar nuestro involucramiento activo en la lucha contra la impunidad bajo todas sus modalidades, cotidianas y casi invisibles como las que operan en los microespacios, y de gran envergadura como las invasiones, bombardeos o bloqueos a algunos territorios del mundo. Exigir sin descanso el levantamiento del bloqueo a Cuba y juicio y castigo a todos los genocidas, donde quiera que se encuentren, y
10. Celebrar y comprometer la voluntad política de la Red en la articulación con las movilizaciones de los pueblos, de los jóvenes, de las mujeres, de los indígenas, de los excluidos, de las diversidades sexuales, de los diferentes, de los indignados, de los agraviados y de los luchadores del mundo entero. Sus combates son los nuestros. La Red de intelectuales y artistas En Defensa de la Humanidad se suma y convoca a todas las organizaciones y redes de pensadores críticos, luchadores sociales y artistas comprometidos para fortalecer los esfuerzos de construcción del nuevo mundo no capitalista que dibujan nuestros horizontes.
El desafío es enorme. Ningún esfuerzo o ninguna lucha son prescindibles. Ningún pueblo es sacrificable. Se acerca el tiempo en que nuestra querida patria, la América, llegará a ser esa gloriosa parte del globo que la naturaleza quiso que fuese.




LA HABANA, CUBA


30 de julio, 2011